Ocaña el Pierrot

Si Ocaña es un Pierrot, el clown triste enamorado de la Luna, ¿por qué se disfrazó de Sol?

Hay quien os dirá que así, amarillo sobre amarillo, disimulaba la hepatitis que arrastró desde el verano de 1981 hasta su muerte. Sin descartarlo, sin embargo, es probable que lo hiciera influido por el teatro de calle de Comediants. El disfraz y el pasacalles de Cantillana, por ejemplo, son muy parecidos al gegantó y la cercavila del Sol, Solet (1978); y cuando Ocaña esconde una carretilla en el rayo superior del Sol y convierte el estandarte en el ceptrot del diablo de los correfocs, es imposible no asociarlo con Dimonis (1981).

Según Comediants, Sol, Solet es un “canto a la luz del mundo, a la naturaleza, a las ganas de vivir, de saltar, de correr y gritar a los cuatro vientos que las cosas más simples permiten alcanzar la felicidad”; y en Dimonis “el actor es un maestro de ceremonias que a través de la borrachera de fuego y la sensación de caos organizado proclama la necesidad de hacer de la calle el espacio público de todo el mundo”.

Ocaña, sin duda, duda, lo debió de entender así y su acierto fue mezclarlo todo y más. Quizás por esta razón, Pedro G. Romero intuye un “gato-sol” en el disfraz y una conjura a la diosa egipcia Bastet. O una invocación al dios Aton, porque una de las prefiguraciones del disfraz, la que pinta en la escuela El Cargol de Barcelona, es un Sol que, en medio de los rayos que se desenrollan como serpentinas, alarga hacia el suelo una mano roja. ¿Una de las manos de Aton? ¿La fuerza vital que anima todos los niños que lo siguen embobados? ¿O, tal vez, la chispa que salta y enciende el vestido de papel?

En este sentido, otra prefiguración es el disfraz de “quiosco ambulante” que lució en el carnaval de La Paloma en 1982, una evocación espectral del transformista en llamas a Lejos de los árboles, la película de Jacinto Esteva.

Pere Pedrals
Archivo ocañí