Hoy estamos contentos

2016

No soy hijo de Barcelona y no vine a vivir aquí hasta ya pasados ​​los 50 años. Conocía la Plaza Real, no sus historias, tradiciones, costumbres… pero me gustaba y encontraba en ella un encanto especial que me atraía. De mi época de estudiante en Terrassa, y por el arraigo que el jazz tiene en esta ciudad, recuerdo las veces que habíamos hecho excursiones para bajar al Jamboree.

El azar hizo que hace unos 10 años la empresa familiar comprase el inmueble donde hoy tenemos instalado el Hotel DO. No fue una decisión fácil, pero al final optamos por ir a un lugar con personalidad y que formara parte de la Barcelona de antaño. Se sometió el edificio a una rehabilitación total y desde el primer momento tuvimos claro que queríamos crear un establecimiento adecuado a este lugar de Ciutat Vella, que fuera respetuoso con él y con una actividad que no masificara la Plaza.

Al llevar a cabo las obras, existía un sótano triste, lúgubre, que tenía dos funciones: una de almacén y la otra de vivienda para las ratas. Quedaban restos de lo que debía haber sido una barra de bar y rascando las paredes iban saliendo capas y capas de pinturas y papeles pegados que, de haber hablado, ahora tendríamos una recopilación de historias vividas en el transcurso de los años, durante las diferentes etapas y actividades desarrolladas.

En un rincón, sola y triste, abandonada, pero en actitud de firme guardiana de aquel lugar, apareció una especie de púlpito. Era una silla de limpiabotas y los pies de la misma, haciéndole compañía, se encontraban la caja de los útiles y el pequeño estrado donde se sentaba a su amo cuando trabajaba.

Aún no conocíamos a Fructuoso Canonge, pero el buen hacer de mi hijo le hizo decidir a guardarlo todo. A los pocos días, la madre de un empleado al que su hijo había explicado el hallazgo, buscando en internet comenzó a encajar las piezas la madeja de en Canonge. Encontramos libros viejos que hacían mención, referencias del historiador Lluís Permanyer, cibernéticamente viajamos en Montbrió del Camp y pudimos comparar viejas fotografías de Canonge con la silla que teníamos guardada, y llegamos a la conclusión de que si no era la misma, era su hermana gemela.

Y con gran reverencia la hicimos guardar en una casa de campo del Lluçanès, para que se aireara y saliera de aquel sótano donde nunca le correspondía haber sido. Y con la esperanza de que un día, saldría y pasaría a formar parte del patrimonio común, no como objeto de gran valor, pero sí como un objeto que, si pudiera, nos aclararía y explicaría muchas cosas de la Plaza Real.

Hoy y gracias a Setba, ha llegado el momento de sacarla. Hoy estamos contentos.