El gran Canonge

2016

En el siglo XIX la plaza Real fue el centro ciudadano por excelencia de Barcelona, ​​un espacio de tiendas y locales emblemáticos que atraía todo tipo de visitantes. Bajo estos porches, ante la farmacia de El Globo tenía su salón de limpiar zapatos uno de los personajes más extravagantes y populares de su época, el mago Fructuós Canonge.

Conocido como el Merlín Español, comenzó a dominar el arte de la prestidigitación mientras manejaba el cepillo. Entonces entretenía sus clientes haciendo trucos de manos, y comiéndose las tostadas de pan untadas con betún. Este hombre del pueblo enseñó el oficio a unos cuantos adolescentes, pequeños delincuentes del barrio a los que así alejaba de la mala vida. Y él decidió dedicarse a sorprender al público con su habilidad para el ilusionismo.

Debutó profesionalmente en 1858 en el teatro de los Campos Elíseos, y conoció el éxito desde el primer instante. Viajó por Europa y América, actuando en los mejores teatros. Su rostro era tan conocido por el público que hacía de reclamo para actividades y productos diversos, desde bailes y fiestas ciudadanas, a marcas de betún o de cerillas. Era tan famoso que oficiaba de maestro de ceremonias del carnaval barcelonés; el rastro de su fama se puede comprobar todavía en la calle Pas de l’Ensenyança, donde se conserva una pintura en la pared que lo muestra sacando un conejo de un sombrero de copa. En aquel entonces se decía, para ponderar algo de gran valor, que tenía “más medallas que Canonge”.

Sus últimos años los pasó no muy lejos de esta plaza, en la calle de la Canuda, casi junto al Portal del Ángel, donde volvió a su antiguo oficio y abrió un salón de limpiabotas. Allí se lo llevó la muerte, desaparecido como si aquel fuera su último truco de magia.