El dedo de Colón

2 de abril de 2002

Me fascina rastrear los vestigios que de un pasado más o menos lejano pueden permanecer en los lugares más diversos e inesperados de la ciudad.

Hoy quiero evocar dos rastros difícilmente reconocibles de quien fue un barcelonés de adopción casi idolatrado: Fructuós Canonge (1824-1890). La prueba es que, pongo por caso, entró en el lenguaje popular, uno de los honores máximos; en efecto, en su día enraizó la expresión: “Té més creus que en Canonge”, tantas eran las condecoraciones que había recibido de los reyes.

La primera pista se conserva, aunque cada día que discurre es peor su estado, en el Pas de l’Ensenyança, esa angostura tan breve que une la plaza de Sant Miquel y la calle Ferran. Pues bien, cabe el número 1, justo bajo la farola y a una relativa altura, lo que la ha librado de fijacarteles y de grafiteros, aparece lo que en su día fue un reclamo directamente pintado sobre la fachada. Seguro que originalmente iba acompañado de texto informativo, pero ahora no quedan más que las trazas reconocibles de esta persona muy principal, el mago más afamado del siglo XIX y nuestro genuino Merlín. Se reconoce, con todo, el perfil de la cabeza de Canonge, con sus mostachos y perilla, con su levita, en trance de sostener una chistera invertida no para saludar, sino como continente tópico del que era y es menester sacar tirado de las orejas, ante el pasmo generalizado, un manso conejillo. Este animal, protagonista del magistral escamoteo operado por el mago, ha sido a su vez escamoteado, aunque en esta ocasión por el prosaico deslucimiento que fatalmente provoca el simple discurrir del tiempo.

Otro vestigio, cada vez más fatigado, es la rinconera y cartel incluido que aún se conserva encajada bajo la gran base angular de los soportales de la plaza Reial, según se entra por la Rambla a mano derecha, cabe la esquina (para entendernos, la que, una vez doblada, conduce a los Tarantos/Jamboree). Perteneció al Canonge que aún no había sido aupado al pedestal de la fama y que en tal menester trataba de ganarse la vida como limpiabotas doblado de vendedor ambulante. Gracias a su pico de oro cantaba las excelencias de su crema para dar lustre incomparable a la piel de zapato. Es una sorpresa deliciosa que aún se conserve allí con el nombre estampado de persona tan principal.

Son vestigios que deberían restaurar. Canonge había actuado ante Isabel II, Amadeo de Saboya y Alfonso XII. Que el reusense general Prim hubiera oficiado de introductor en el primer caso se comprende por haber nacido el mago en Montbrió del Camp. Sobre admirado, era querido por una sencillez rural y una forma de hablar así de pintoresca: “Si ustedes, quebelleros y quebelleras, hubieran visto cuando en Madrit hise aquello de la baraja entremaliada”. El 23 de abril de 1865 la alta sociedad indígena vertía a la Rambla, al no caber en Betlem, para presenciar cómo recibía una condecoración regia, cuyas insignias le habían regalado el conde de Llobregat y el marqués de Monistrol.