Añorado taxidermista

Mayo 2013

La Plaza Real ha sido siempre un espacio enriquecido con un aroma muy especial, además de exhibir una personalidad acusada. A pesar de ser tan abierta de cara a La Rambla, ha conseguido mantener un hechizo único, recogido y privado.

Un atractivo popular ha sido la ira de sellos, pero sólo las mañanas de domingo. Otro atractivo también muy popular era la tienda del número 10; el pueblo la llamaba “las Bestias” y también el “Taxidermista”, denominaciones más cercanas y cortas que Museo Pedagógico de las Ciencias.

Cuando alguien iba acompañado por niños, se hacía visita obligada: distraerse ante aquellos escaparates tan bien puestos y con unos animales que se hacían mirar. Joan Miró, vecino del barrio, se sentía fascinado por aquel espectáculo que observaba entre mudo y soñador. Era un establecimiento enriquecido por un cierto aire exótico, de misterio y de aventura.

Josep Palaus, yerno del fundador Lluís Soler y Pujol, supo compaginar la seriedad científica con el atractivo comercial. Encarriló la manía de muchos coleccionistas, despertó vocaciones y supo también hacerse imprescindible a la hora de satisfacer peticiones. Por eso fue tan buen cliente un Dalí que el primer día quiso llamar la atención al encargar doscientas mil hormigas. La frecuentaba ya de pequeño el poeta Sagarra, hábil conocedor de pájaros y mariposas. Ava Gardner hizo disecar la cabeza del toro que le había brindado un Màrius Cabré seductor.

Tienda centenaria, supo no quedar anticuada y se ponía al día con las nuevas ofertas que brinda la sufrida naturaleza, tanto la viva como la geológica.

Entrar en ella era como adentrarse en un ambiente novelesco, donde con poca imaginación se imponía a enseguida la malicia de la aventura, la exploración de lo desconocido y el hilo de ambientes tan alejados de la ciudad prosaica. El taxidermista era como una especie de teatro creador de ficciones golosas, en la que cada nuevo visitante trenzaba su argumento.

Aunque cerró y a pesar de las décadas que han pasado, su recuerdo continua y aún está presente en la memoria sentimental de los barceloneses.